Génesis, capítulo 12.

Abraham en Egipto

Abraham y sus compis de viaje dando vueltas por el mundo cumpliendo así la santa voluntad del Señor (Viaje de Abraham de Ur a Canaán, J. Molnár, 1850).

 ¿Alguna vez habéis planeado un fin de semana tranquilo en casa con la parienta cuando de repente aparece vuestro padre y os dice que hagáis las maletas que os vais a Canaán pero luego, en mitad del camino, vuestro padre dice que no sigue y que se queda ahí y al final resulta que estáis en una ciudad extraña con vuestra esposa y vuestro sobrino sin saber qué hacer? Pues a Abraham le pasó. Y antes de que a su mujer se le ocurriera sugerir que ya era hora de volver a su casa de Ur, Dios se le apareció a Abraham y le dijo que siguiera hacia Canaán. “No sé, Yahvé, es que yo ya tengo 75 años, y en Ur estábamos tan bien allí Sarai y yo retozando todo el día… ¿No podríamos volver a casa y olvidarnos de toda esta mierda?”, pero Dios acabó convenciendo a Abraham con la promesa de que lo convertiría en el padre de una gran nación.

Y así fue como Abraham, su mujer y su sobrino Lot salieron de Jarán rumbo a Canaán. Cuando llegaron, lo primero que hizo Abraham fue darse cuenta de que Canaán estaba ocupada por cananeos (que digo yo que llamándose Canaán lo raro habría sido que hubiera estado habitada por bilbaínos). “Bueno, pues ya hemos llegao”, dijo Abraham, “¿quién se apunta a recorrer el país para invocar el nombre del Señor y erigirle a Yahvé unos cuantos altares?”. (Por detalles como este, Yahvé le escogió a él y no a vosotros como padre de una gran nación. ¡Qué pelota que era, el tío!)

Por desgracia, Abraham y su familia llegaron a Canaán en temporada baja y, claro, no había ni un sitio abierto. “Aquí vamos a pasar hambre, me parece a mí. ¿Y si nos vamos a Egipto que aquello es más turístico?”, dijo Sarai, a lo que Abraham contestó: “No sé yo, ¿eh? Que los egipcios son unos latin lovers y tú estás muy buena, y son capaces de matarme a mí para quedarse contigo. Vamos solamente si les decimos que eres mi hermana”. El plan de viaje resultó ser un éxito: el faraón se quiso ligar a Sarai, y para conseguirlo trató de ganarse a su “hermano” Abraham regalándole ganado, esclavos y sirvientas. Y cuando el faraón se casó con Sarai, apareció Yahvé hecho una furia: “Casarse con una mujer que ya estaba casada, pecado”, y castigó a los egipcios. Y el faraón llamó a Abraham: “Pedazo de cabrón, anda que ya podrías habernos dicho que era tu mujer. ¡Ya estáis tardando en salir de aquí tú y los tuyos!”.

Imagino que Abraham pensaría: “De puta madre. Llegamos aquí, nos tratan como a marqueses, nos regalan de todo, echamos unas risas y ahora nos vamos con ganado, camellos, esclavos y sirvientas. Al próximo sitio que vaya, vuelvo a decir que Sarai es mi hermana”.

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Génesis, capítulo 11.

La Torre de Babel y los descendientes de Sem

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“¡Hala! Ya está terminada la Torre de Papel”. “¡De Babel, imbécil, de Babel!” “Joder, yo qué sé, si es que no se te entiende cuando hablas…” (Martin Creed, work no. 1782, toilet roll, unique, 2013)

Yahvé, como buen gobernante que era, nunca fue muy partidario de defender el avance científico y tecnológico. Si ya se puso hecho una furia cuando Adán y Eva comieron el fruto del Árbol de la Ciencia para acceder al conocimiento, y en su día se cargó con un Diluvio Universal a los hombres que habían inventado la ganadería, la música y la metalurgia, imaginad el rebote que se pilló cuando se enteró de que, en Babilonia, unos ingenieros habían aprendido a fabricar ladrillos y estaban planeando construir una gran ciudad con una torre altísima que llegara hasta el cielo.

“¡Ni innovación, ni desarrollo, ni hostias!”, pensó Dios. “Esto lo tengo que parar como sea, no vaya a ser que estos piltrafillas consigan todo lo que se propongan”. Y entonces, decidió confundirlos haciéndoles hablar en distintas lenguas para que no se entendieran los unos a los otros y para regocijo de los profesores particulares de idiomas, quienes hasta ese momento estaban todos en paro. Y así fue como Dios consiguió que los humanos abandonaran el proyecto y se esparcieran por toda la tierra, formando naciones con distintos idiomas oficiales.

Mientras tanto, ajenos a los recortes en I+D+i que acontecían en Babilonia, los descendientes de Sem se habían extendido hacia el este. Uno de ellos, el nieto del nieto del nieto del nieto del nieto de Noé, se llamaba Abraham y vivía junto a su padre y sus hermanos en la ciudad de Ur, otra de esas ciudades que salen en los libros del cole. Abraham, que era muy espabilado, fue a casarse con Sarai, una chavala muy guapa pero que tenía un problemilla de esterilidad, lo que le permitía echar todos los polvos que quería sin miedo a tener Abrahamcitos. Y así, Abraham y su mujer vivían felices y comían perdices en Ur, hasta que a su padre se le fue la cabeza y dijo: “Vámonos ahora mismo todos para Canaán”. Y como en esa época se le tenía mucho respeto a la figura del padre, nadie rechistó.

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Así fue como Abraham abandonó su plácida existencia en Ur, acompañado por su mujer Sarai, su sobrino Lot y su padre Téraj. Como entonces no había Google Maps, nadie sabía lo lejos que estaba Canaán (porque si lo llegan a saber, se habría ido Téraj solito). El caso es que, en el camino, encontraron la ciudad de Jarán y pensaron que la broma ya había durado bastante y que ya estaba bien de vagar de un lugar a otro como un gilipollas. Así que en Jarán se quedaron. Y allí en Jarán murió el pobre Téraj, a la temprana edad de doscientos años. “Cómo es tu padre, Abraham. Primero nos saca a todos de casa sin más explicaciones y luego va y decide quedarse en mitad del camino”, dijo, posiblemente, Sarai. “¿Qué hacemos? ¿Volvemos a casa o seguimos hacia Canaán sin él?”, seguramente añadió.

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Génesis, capítulo 10.

El catálogo de las naciones

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Con ustedes, los padres de todos los seres humanos que nacieron después del Diluvio. Admírese la pose y gallardía de los tres figuras. (Sem, Cam y Jafet, James Tissot, 1904).

Tras la muerte de Noé, la responsabilidad de evitar la extinción de la especie humana recayó en sus hijos Sem, Cam y Jafet, quienes se diseminaron por el mundo con sus mujeres (cada uno con la suya, se entiende, que Sodoma y Gomorra aún no se habían fundado) y se pusieron manos a la obra con la noble y grata tarea de tener churumbeles.

Como no había nadie más en el mundo, ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos no tuvieron ningún problema en ir ocupando todas las regiones del mundo porque, total, ¿quién se lo iba a impedir? ¿La Guardia Civil de aduanas? Así que, sin resistencia alguna, los hijos de Noé y su prole fundaron todos y cada uno de los pueblos y civilizaciones que hoy salen en los libros de Historia de los chavales.

Jafet, que era un cachondo, decidió llamar a sus siete hijos con nombres de cinco letras como el suyo, y tan feos (los nombres, los hijos no se sabe) que me niego a reproducirlos aquí para no herir sensibilidades. El caso es que estos, y los hijos de estos, se encargaron de fundar las naciones marítimas, que no se sabe muy bien qué naciones son esas, pero que seguramente sean islas del Mediterráneo como Chipre o el islote de Perejil.

Por su parte, Cam tuvo cuatro hijos incluyendo a Canaán, aquel a quien Noé castigó en capítulos anteriores, pero que con la tontería llegó a ser el padre de un montón de pueblos de la antigüedad que se extendieron por las tierras que hoy ocupan Israel y el Líbano. Uno de los muchos nietos que tuvo Cam fue Nemrod, un notas muy valiente que fundó ciudades como Babilonia, Acad o Nínive, que tuvieron que ser muy importantes porque me acuerdo que salían en mi libro de Historia de bachillerato.

Por su parte, Sem tuvo cinco hijos, que ocuparon todas las tierras al oriente de los anteriores. Y será por aquí, por los descendientes de Sem, por donde sigue el cuento hasta el siguiente personaje VIP de la Biblia: Abraham.

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Génesis, capítulo 9.

La alianza de Dios con todos los seres vivientes

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Noé durmiendo la borrachera mientras sus hijos Sem y Jafet tratan de taparle las vergüenzas evitando mirarle ese pene de más de 600 años. (La embriaguez de Noé, Giovanni Bellini, 1515).

Después de nueve capítulos y 1656 años, nos encontramos como al principio, Dios con su Creación recién formateada y con una sola familia de humanos, en este caso la de Noé. Igual que a Adán y Eva, les soltó el típico discurso de Padre: que crezcáis y os multipliquéis, que dominéis la tierra, que ahí tenéis los animales y las plantas para vuestro consumo, que os echéis una rebequita que luego por la noche refresca… Aunque también incluyó algunas novedades, como por ejemplo, prohibir hacer morcilla. “La sangre ni me la toquéis, que eso es caca”, dijo Yahvé a Noé. “Y hablando de sangre, el hombre que derrame la sangre de otro hombre, ya sabe a lo que toca”, añadió.

Para probar que iba de buen rollo, cosa complicada teniendo en cuenta que acababa de exterminar sin compasión a casi toda la raza humana, Dios hizo una alianza con Noé, con sus descendientes y con todos los seres vivos del planeta. Prometió que nunca más mandaría otro diluvio y, como señal de esa alianza, inventó el arco iris. Así, cuando lloviera, el arco iris le serviría a Dios para acordarse de que tenía que cerrar el grifo. Así es Dios: en lugar de apuntárselo en la mano o dejar un post-it en alguna nube, inventó la reflexión y la refracción de la luz para que el espectro de la luz del sol al pasar por las gotas de agua de la lluvia le recordase que matar a la gente no está bonito.

Después de todas las aventuras a bordo del Arca, Noé pensó que ya tocaba irse al bar a relajarse un rato. Pero como no había bares (aquello era Turquía, no España) ni tienda del chino en la que comprar un cartón de vino, el pobre Noé tuvo que hacer él solo todo el proceso desde plantar la vid hasta tener el vino en la mesa. Unos años después, Noé pudo por fin beberse su vinito, pero lo hizo con tanta ansia que pilló una borrachera de campeonato y acabó tirado y desnudo en su tienda, como el estudiante universitario promedio hace cada jueves. La cosa no habría tenido mayor importancia si no hubiera sido por que su hijo Cam entró y presenció el lamentable espectáculo. Y Cam salió corriendo a contárselo a sus hermanos: “¡Sem! ¡Jafet! Venid a ver a padre que está ahí borracho con las bolas al aire”. Pero Sem y Jafet, que eran unos meapilas de campeonato, se acercaron a su padre sin mirar su cuerpo desnudo y lo cubrieron con un manto. Cuando a Noé se le pasó la jumera y se enteró de que su hijo Cam lo había visto en pelota picada, se rebotó y castigó a su nieto Canaán, hijo de Cam, a ser el esclavo de todo el mundo. “Pero, abuelo, ¿yo qué he hecho?”, decía el pobre chaval. La verdad es que Noé a veces tenía un pronto muy malo, sobre todo cuando estaba de resaca.

Y así pasaron los años hasta que, un buen día del año 2006 después de la Creación, Noé murió con 950 años de edad, quedándose a sólo diecinueve años del récord mundial que aún a día de hoy sigue en poder de su abuelo Matusalén. Ya hay que tener mala suerte, joder.

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Génesis, capítulo 8.

La terminación del Diluvio y la salida del arca

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A Noé no se le ocurrió mejor manera de agradar a Dios que levantar un altar y sacrificar a algunos de los animales que él mismo había salvado del Diluvio. Se cuenta que Dios, al ver esto, hizo el primer facepalm de la historia. (El sacrificio de Noé, Miguel Ángel, s. XVI).

Cuaderno de bitácora del arca de Noé. Año 1656 después de la Creación.

Día 29/03. Hoy, cuarenta días después de que el buen Dios decidiera abrir las compuertas del cielo y ahogar sin compasión a todo el mundo, por fin ha dejado de llover. Los únicos humanos que quedamos con vida son mis tres hijos, mis tres nueras, mi mujer y yo. ¡Oh, Yavhé, alabado seas, que en tu infinita bondad no incluiste en la lista a mi suegra!

Día 17/07. Hoy nos hemos acojonado al oír un ruido muy fuerte, como si hubiéramos chocado con algo. El viento que nuestro Dios misericordioso nos ha enviado ha hecho que las aguas hayan descendido lo suficiente como para que nuestra arca se posara sobre los montes de Ararat. Le he dicho a mi familia: “¿Veis como Dios aprieta, pero no ahoga?”. Y todos se han echado a reír. Si es que soy un cachondo, se mean conmigo.

Día 01/10. El nivel del agua ha seguido bajando y ya se puede ver las cimas de otras montañas. Me pregunto a dónde estará yendo toda esta agua evaporada. Por suerte, no ha sobrevivido ningún físico que nos toque las narices con cálculos que ofendan a nuestro Señor.

Día 10/11. Hoy he abierto las ventanas para ventilar un poco el barco, que está hecho una cochiquera con tanto bicho, y se me ha ocurrido soltar un cuervo para ver si encontraba tierra seca. Pero el muy tontolaba no hacía más que ir y venir sin traer nada en el pico. Este bicho es tonto, tenía que haberlo dejado morir y haber salvado al pterodáctilo. He probado también a soltar una paloma, pero nada. Espero que haya algo ahí fuera que poder comer, porque ya se nos están acabando las provisiones en el barco.

Día 17/11. He soltado a la paloma una vez más. Le he dicho: “como regreses sin nada, esta noche ya sé qué carne le vamos a echar al arroz”. Y se ve que la paloma me entiende, porque ha vuelto con una rama verde de olivo en el pico. Parece que, por fin, ya hay tierra seca, alabado sea el Señor y benditos sean sus poderes para hacer crecer olivos enteros en sólo unos pocos días.

Día 24/11. Hoy he vuelto a soltar a la paloma, y la muy desagradecida no ha regresado. Espero que no se haya caído al agua y se haya ahogado, que no nos sobran palomas precisamente.

Día de mi cumple. Hoy los chicos me han preparado una fiesta sorpresa. ¡No se cumplen 601 años todos los días! Aunque el mejor regalo me lo ha hecho Yahvé, nuestro Señor: he levantado el techo del arca y he visto que la tierra estaba casi seca. ¡Y es toda para nosotros!

Últimas anotaciones.

Han pasado 27 días desde mi cumpleaños, y la tierra está completamente seca. Dios nos ha dicho que salgamos del arca, que parecemos tontos metidos dentro de un barco varado en mitad de un secarral. También nos ha dicho que soltemos a todos los animales, que ya ellos sabrán dónde ir. Lo que pasa es que no nos ha dicho en qué orden teníamos que dejarlos salir y, claro, los hemos liberado todos a la vez y no habían corrido ni veinte metros cuando la leona ya le había echado la garra al unicornio. En fin, cosas que pasan.

Ahora que ya estamos en tierra firme, le voy a dar a Dios un regalito que he tenido guardado en secreto. Como de cada especie de animal puro teníamos siete parejas y nos sobraban, me he reservado un individuo de cada una para ofrecérselos en sacrificio. Cuando le he dado la sorpresa, me ha dicho Yahvé: “Menudos huevazos que tienes, Noé. Primero los salvas de morir ahogados y luego me los matas encima de un altar”. Pero bueno, yo sé que a Yahvé le ha gustado el detalle porque ha estado todo el día de buen humor. Tanto, que nos ha prometido que nunca más va a provocar extinciones masivas. Todo un detalle digno de un Dios omnibenevolente.

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Génesis, capítulo 7.

El comienzo del Diluvio

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Varios humanos y un tigre que pasaba por allí tratando de salvarse a sí mismos y a sus hijos de la bondad infinita de Dios misericordioso. (El Diluvio, Gustave Doré, 1866).

Corría el año 1656 (d. Creación) cuando encontramos al bueno de Noé terminando de repasar las juntas del arca con silicona. “¡Esto ya está listo!”, dijo Noé, y Yahvé le contestó que fuera pensando en tomar asiento en el barco, porque en una semana empezaría a llover non-stop y todo el mundo la iba a palmar. “Tomarás siete parejas de cada especie de animal puro, y una pareja de cada especie de animal impuro”, le dijo Dios, a lo que el bueno de Noé replicó: “¿Pero no me habías dicho en el capítulo anterior que una pareja de cada? Ahora no sé yo si me cabrán en el arca”. “Pues voy a tener que hacer sitio, así que me parece que los más grandes se van a tener que quedar en tierra”, añadió Noé señalando con la cabeza hacia las jaulas donde guardaban a los pobres dinosaurios.

Justo una semana después, el día 17/02 del año 1656, se abrieron las compuertas del cielo que Dios había creado en el capítulo 1, y se puso a llover con muy mala leche durante cuarenta días con sus cuarenta noches. Y las aguas subieron más de siete metros por encima de las montañas, y todos los seres vivos perecieron, salvo Noé, su mujer, sus hijos Cam, Sem y Jafet, las mujeres de sus hijos, una pareja de cada animal impuro y siete parejas de cada animal puro. Y así estuvieron 150 días, en un barco de 150 metros de largo, 30 metros de ancho y 15 metros de alto, capaz de albergar a 8 humanos y al menos una pareja de cada especie animal, más la comida para alimentarlos a todos durante más de ocho meses. Casi ná.

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Génesis, capítulo 6.

La corrupción de la humanidad y el anuncio del Diluvio

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Noé y su familia en el Arca alabando al Señor.

Estábamos en que la humanidad se dividía en dos familias. Por un lado estaban los descendientes de Caín, malvados por naturaleza y creadores de la música, la metalurgia y otras formas malignas de innovación y desarrollo. Por otro lado, teníamos los descendientes de Set, almas bondadosas que únicamente se dedicaban a invocar el nombre del Señor. Pero, claro, no todo en la vida iba a ser invocar el nombre del Señor, y cuando los descendientes de Set vieron que los descendientes de Caín tenían unas hijas que estaban más buenas que el pan de chapata muy hermosas, se pusieron muy verracos y acabaron llevándoselas al huerto y teniendo hijos con ellas.

Yahvé, viendo que aquello se le desmadraba, empezó con los recortes. Primero, recortó en Sanidad, con lo que se redujo la esperanza de vida de los seres humanos a sólo 120 años. Pero, a pesar de vivir tan poco tiempo, los humanos eran cada vez más de hacer el mal y todo eso. Entonces, Yahvé clamó desde el cielo: “¡A tomar por el culo!”, frase de origen sumerio que expresa claramente el arrepentimiento de Yahvé por haber creado al hombre. Así que, en un acto de infinita bondad, decidió que la mejor solución para corregir el mal comportamiento de los hombres era eliminar de la faz de la tierra a todos los seres vivos. Y qué mejor forma de acabar con todos ellos que mandando un gran diluvio que ahogara a todo bicho viviente que caminase sobre la tierra.

Sin embargo, Dios sentía debilidad por Noé. A fin de cuentas, se trataba del nieto del nieto del nieto del nieto de Set, el último de la línea de capillitas hombres justos que le hacían la pelota a diario. Y fue por esto que Dios advirtió a Noé de sus simpáticos planes de exterminio y muerte y le dio instrucciones para que construyera un barco de madera con espacio suficiente para albergar a toda su familia y una pareja de cada especie animal. “Ten cuidado de que uno sea macho y otro hembra, Noé, a ver si la vamos a liar”, dijo Yahvé, a lo que añadió: “Y llévate comida también, Noé, que navegar por la mar da mucha hambre”. El pobre Yahvé tenía que estar en todo.

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